
ANTONIO VIDAL
Libro de Fernando de Orbaneja
Lo que ocultala Iglesia
Gracias a Fernando de Orbaneja me hallo en esta situación; en la difícil tesitura de comentar un libro que me habría gustado escribir a mi, pero que resulta que finalmente lo ha escrito él (confieso que yo ni llegué a planteármelo, si no le habría pedido que me hiciese de negro) y me muero de envidia.
Ya saben que la mecánica operativa que precede a la liturgia de una presentación literaria (este libro lo presentamos en Valladolid recientemente) comienza por la propuesta para que seas tú quien la realice; o sea que te pegan, a partes iguales, un buen susto y una buena alegría; sigue por el envío del libro y, según me han contado algunos del gremio, la lectura atenta de la solapa y del índice y, en el mejor de los casos, de tres o cuatro paginas… Bien, pues lo confieso, yo he pecado de soberbia apartándome impúdicamente del ritual porque me he leído y releído el manuscrito unas cuantas veces y cada vez me ha enganchado más, y en cada relectura ha crecido mi nivel de convencimiento de que, además de mi, muchos, muchos, habrían querido ser sus autores.
Y ya que no se le ha ocurrido hacerme de negro, me resulta inevitable expresar la certeza de que Fernando de Orbaneja, no tiene negro que se lo haya escrito. Lo ha escrito él de principio a fin porque en cada página, en cada comentario, está su forma de ver las cosas, su sagaz ironía y la sencillez con que es capaz de expresar ideas profundas y complicadas.
Este libro es también el que nos hubiera convenido leer hace mucho tiempo, en nuestros años de colegio, para poder tener una información objetiva acerca de las ideas que iban a condicionar el resto de nuestra vida. Para profundizar en todo aquello que queríamos saber de la Religión Católica y no nos atrevíamos a preguntar… por las terribles consecuencias que habríamos debido soportar.
Para los mayores de treinta y tantos la verdad pura y dura era la que nos contaban los curas y los frailes en los colegios, la realidad era mentira. Crecimos con la Iglesia y la dictadura juntas bajo palio y la verdad metida en un puño.
Hegel, en Lecciones de Filosofía de la Historia, dice que "la historia universal es la exposición del proceso divino, de la serie de fases a través de las cuales el espíritu alcanza su verdad", pero esta peculiar forma de ver las cosas, de resolver de un plumazo el proceso histórico, ha sido machacada implacablemente, como merecía, por un sinnúmero de pensadores, desde el enciclopédico Deschner, hasta otros más próximos y no por eso menos acertados, como Gonzalo Puente Ojea, o nuestro protagonista Fernando de Orbaneja. Hegel ha quedado en paños menores intelectuales con irrefutables hechos concretos, demostrándose su error, como le gusta hacer a Fernando, una y otra vez.
Ni la historia, ni mucho menos la historia de la Iglesia tienen nada que ver con los designios divinos a pesar de la machacona insistencia en intentar que confundamos a Dios con esa institución plagada de defectos humanos que ha sido y es La Iglesia y que identifiquemos sin dudar a sus muy humanos representantes con la divinidad.
Repite a menudo un periodista amigo mío que fue corresponsal en Roma que allí se insistía constantemente en la tesis de que en la Curia Vaticana no creían en Dios porque ellos están en el secreto. Si Fernando y yo mismo no creemos en la Iglesia que representa esa Curia es porque, sin estar en el secreto, el lo ha estudiado muy a fondo y yo he leído lo escrito por él con mucho detenimiento, un poco de asombro y un mucho de espanto.
A veces no puedo sustraerme a la idea de comparar a la Iglesia Católica con un torero que con el engaño, con la capa, lleva donde quiere al toro, –en este caso a los fieles–, para obtener las mieles de la gloria y cobrar su dinero mientras la cohorte cardenalicia, episcopal, curil, biempensante nacional-católica, etc. aplaude la faena. Fernando, en este singular libro, deja a ese torero sin capa, sin capote, sin espada… De las banderillas se encarga él mismo.
Aunque el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, entiendo y deseo que nadie que lea Lo que oculta la Iglesia y que haya sido alguna vez engañado por los “santos padres”, por los curas y su entorno, vuelva a picar, a caer en la trampa dialéctica, pues una exposición tan sencilla y lúcida de la “faena” del Catolicismo a sus parroquianos debe ser capaz de limpiar de una vez por todas al espíritu de dogmas y demás mentiras con los que a lo largo de los siglos se han ido amparando y viviendo muy bien la multitud de servidores de Dios que a costa de falsedades, inventos descarados e incluso crímenes abundantes –la Inquisición aparte– han conseguido vivir opíparamente y ser incluso respetados, a menudo por la fuerza de las armas o a costa de lo que fuere.
Fernando se define como un hombre normal que piensa; yo añado: que piensa bien. Y además, tanto personalmente como en el libro, es un hombre dicharachero, compartidor de cultura y experiencias. Hace de la risa su santo y seña –aunque muchas de las cosas que sabe y cuenta no tengan maldita la gracia, el sabe buscársela– y eso es lo que nos provoca en muchos pasajes del libro, y lo recomienda como terapia cuando de pronto pide que nos riamos de las verdades eternas y reveladas que ni son eternas, ni reveladas y ni son siquiera verdades; reírse de los gestos teatrales, del boato, de la hipocresía y sobre todo de las tradiciones, que en verdad son lo mas estúpido y risible de todo aquello con lo que la Iglesia Católica nos “obsequia” desde hace siglos.
Libro de Fernando de Orbaneja
Lo que ocultala Iglesia
Gracias a Fernando de Orbaneja me hallo en esta situación; en la difícil tesitura de comentar un libro que me habría gustado escribir a mi, pero que resulta que finalmente lo ha escrito él (confieso que yo ni llegué a planteármelo, si no le habría pedido que me hiciese de negro) y me muero de envidia.
Ya saben que la mecánica operativa que precede a la liturgia de una presentación literaria (este libro lo presentamos en Valladolid recientemente) comienza por la propuesta para que seas tú quien la realice; o sea que te pegan, a partes iguales, un buen susto y una buena alegría; sigue por el envío del libro y, según me han contado algunos del gremio, la lectura atenta de la solapa y del índice y, en el mejor de los casos, de tres o cuatro paginas… Bien, pues lo confieso, yo he pecado de soberbia apartándome impúdicamente del ritual porque me he leído y releído el manuscrito unas cuantas veces y cada vez me ha enganchado más, y en cada relectura ha crecido mi nivel de convencimiento de que, además de mi, muchos, muchos, habrían querido ser sus autores.
Y ya que no se le ha ocurrido hacerme de negro, me resulta inevitable expresar la certeza de que Fernando de Orbaneja, no tiene negro que se lo haya escrito. Lo ha escrito él de principio a fin porque en cada página, en cada comentario, está su forma de ver las cosas, su sagaz ironía y la sencillez con que es capaz de expresar ideas profundas y complicadas.
Este libro es también el que nos hubiera convenido leer hace mucho tiempo, en nuestros años de colegio, para poder tener una información objetiva acerca de las ideas que iban a condicionar el resto de nuestra vida. Para profundizar en todo aquello que queríamos saber de la Religión Católica y no nos atrevíamos a preguntar… por las terribles consecuencias que habríamos debido soportar.
Para los mayores de treinta y tantos la verdad pura y dura era la que nos contaban los curas y los frailes en los colegios, la realidad era mentira. Crecimos con la Iglesia y la dictadura juntas bajo palio y la verdad metida en un puño.
Hegel, en Lecciones de Filosofía de la Historia, dice que "la historia universal es la exposición del proceso divino, de la serie de fases a través de las cuales el espíritu alcanza su verdad", pero esta peculiar forma de ver las cosas, de resolver de un plumazo el proceso histórico, ha sido machacada implacablemente, como merecía, por un sinnúmero de pensadores, desde el enciclopédico Deschner, hasta otros más próximos y no por eso menos acertados, como Gonzalo Puente Ojea, o nuestro protagonista Fernando de Orbaneja. Hegel ha quedado en paños menores intelectuales con irrefutables hechos concretos, demostrándose su error, como le gusta hacer a Fernando, una y otra vez.
Ni la historia, ni mucho menos la historia de la Iglesia tienen nada que ver con los designios divinos a pesar de la machacona insistencia en intentar que confundamos a Dios con esa institución plagada de defectos humanos que ha sido y es La Iglesia y que identifiquemos sin dudar a sus muy humanos representantes con la divinidad.
Repite a menudo un periodista amigo mío que fue corresponsal en Roma que allí se insistía constantemente en la tesis de que en la Curia Vaticana no creían en Dios porque ellos están en el secreto. Si Fernando y yo mismo no creemos en la Iglesia que representa esa Curia es porque, sin estar en el secreto, el lo ha estudiado muy a fondo y yo he leído lo escrito por él con mucho detenimiento, un poco de asombro y un mucho de espanto.
A veces no puedo sustraerme a la idea de comparar a la Iglesia Católica con un torero que con el engaño, con la capa, lleva donde quiere al toro, –en este caso a los fieles–, para obtener las mieles de la gloria y cobrar su dinero mientras la cohorte cardenalicia, episcopal, curil, biempensante nacional-católica, etc. aplaude la faena. Fernando, en este singular libro, deja a ese torero sin capa, sin capote, sin espada… De las banderillas se encarga él mismo.
Aunque el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, entiendo y deseo que nadie que lea Lo que oculta la Iglesia y que haya sido alguna vez engañado por los “santos padres”, por los curas y su entorno, vuelva a picar, a caer en la trampa dialéctica, pues una exposición tan sencilla y lúcida de la “faena” del Catolicismo a sus parroquianos debe ser capaz de limpiar de una vez por todas al espíritu de dogmas y demás mentiras con los que a lo largo de los siglos se han ido amparando y viviendo muy bien la multitud de servidores de Dios que a costa de falsedades, inventos descarados e incluso crímenes abundantes –la Inquisición aparte– han conseguido vivir opíparamente y ser incluso respetados, a menudo por la fuerza de las armas o a costa de lo que fuere.
Fernando se define como un hombre normal que piensa; yo añado: que piensa bien. Y además, tanto personalmente como en el libro, es un hombre dicharachero, compartidor de cultura y experiencias. Hace de la risa su santo y seña –aunque muchas de las cosas que sabe y cuenta no tengan maldita la gracia, el sabe buscársela– y eso es lo que nos provoca en muchos pasajes del libro, y lo recomienda como terapia cuando de pronto pide que nos riamos de las verdades eternas y reveladas que ni son eternas, ni reveladas y ni son siquiera verdades; reírse de los gestos teatrales, del boato, de la hipocresía y sobre todo de las tradiciones, que en verdad son lo mas estúpido y risible de todo aquello con lo que la Iglesia Católica nos “obsequia” desde hace siglos.
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